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México y Estados Unidos, los vecinos distantes


La reciente victoria de México en el Mundial Sub-17 no sólo ha supuesto un gran empujón para el fútbol base mexicano, refrendando la senda iniciada por los Dos Santos, Vela y compañía en el Mundial Sub-17 de 2005, sino que también conlleva un varapalo para Estados Unidos, cuya selección, a pesar de todos los medios disponibles, no pudo pasar de los octavos de final. En el fútbol, como en muchos otros aspectos, pocos vecinos se parecen tan poco en el mundo como Estados Unidos y México, a los que ya en 1984 el escritor Alan Riding definió brillantemente como “los Vecinos Distantes”.

Los americanos se preguntan hoy en día por el repentino despunte del fútbol mexicano, en especial con relación a los jugadores jóvenes. El principal problema es que este despunte no tiene nada de repentino, sino que los vecinos simplemente no han visto, o no han interpretado, o no han aprovechado, los ejemplos que han surgido a lo largo de los años.

Cada año, se celebra la cada vez más prestigiosa Dallas Cup, un torneo con equipos desde benjamines a juveniles, que suele contar con la participación de los clubes más prestigiosos del planeta, como por ejemplo el Real Madrid o el Manchester United. Desde la década de los 90, los equipos mexicanos, como Chivas Guadalajara, Tigres o Monterrey empezaron a mostrar un juego inteligente, basado en la habilidad y en el toque, algo raro de ver en edades tan temporadas.

En 2001, los mexicanos arrasaron alzándose con la victoria las seis categorías, con equipos de seis  clubes distintos. Sin embargo, el resultado más anecdótico llegó en 1999, cuando el todopoderoso Manchester United benjamín, campeón en la edición anterior, quedó eliminado de la fase de grupos por un equipo mexicano llamado los Houstonians, compuesto principalmente por chicos nacidos en Estados Unidos de padres mexicanos, que sin ninguna duda, ofrecieron un nivel de juego mucho mayor.

Estos logros, sin embargo, no fueron tenidos en cuenta por los propios americanos, que siempre han estado “enfrentados” al fútbol mexicano. Si en algún momento hubo un momento para la entrada de aire fresco en el modelo de desarrollo del fútbol base nacional basado en el sistema universitario, fue este, con un grupo de humildes chicos mexicanos de espíritu pero americanos de pasaporte, eliminando a uno de los clubes más potentes del mundo.  Si hay alguna lección que aprender de aquello, es que los americanos, en el fútbol, necesitan humildad, salir a buscar la sabiduría la mexicana, y saber escuchar.

La situación se torna escandalosa si se piensa en la cantidad de talento hispano, predominantemente de origen mexicano, esparcido en su propia casa. Porque, a fin de cuentas, son chicos estadounidenses, que podrían ser seleccionados por los técnicos locales y acabar jugando en la selección de Estados Unidos. No se puede negar que esta armada creciente de jóvenes jugadores debe ser bienvenida en los proyectos de fútbol base y ser vista como la ruta más prometedora para futuros éxitos profesionales e internacionales.

Wilmer Cabrera, seleccionador sub-17 de Estados Unidos, comentó recientemente que estaba satisfecho porque había escogido a los mejores jugadores jóvenes del país para la selección, pero a la vez frustrado porque tenía un grupo de jugadores que no podían competir aún al máximo nivel contra los mejores equipos del mundo, porque en esta edad, los chicos americanos son más inmaduros que en los países potentes, donde ya hay chicos más hechos, más profesionales.

Sin quitarle razón a este planteamiento, no explica la diferencia abismal en nivel técnico claramente entre los jugadores americanos, donde se pone de manifiesto que los jugadores que tratan mejor la pelota, que se mueven mejor en el campo, en definitiva, que parecen más jugadores de fútbol y que son más “desarrollables”, son los hispanos.

Los distorsionados programas gestionados por los llamados gurús del fútbol base, se demuestran incapaces de producir jugadores de mayor nivel que el fútbol universitario. Cada año, en el mal denominado MLS SuperDraft, se habla de los grandes jugadores que se están produciendo, aunque en realidad se trata de una verdad travestida. Debería ser cierto, con el gran número de jugadores y de recursos en el fútbol base norteamericano. Pero al final es un error, porque se ha perdido toda una generación de prometedor talento hispano, como la de los chicos de los Houstonians. ¿Están preparados para perder otra generación? Parece ser que sí, porque el pensamiento ortodoxo continúa, con los clinics y las academias refugiándose en un buen resultado o un buen jugador aquí y allá.

Tal vez la única solución sea que la comunidad hispana produzca sus propios líderes y organicen su propia organización nacional. No es algo fácil, pero los ortodoxos programas de desarrollo de fútbol base en Estados Unidos no dan cabida a todo este talento, porque décadas de programas bien desarrollados, bien financiados y dudosamente entrenados no han sabido reconocer que su mayor reto es encontrar la forma de unir los dos estilos, el “europeo” (por llamarlo de alguna manera) y el “hispano”.

Después de este último Mundial Sub-17 queda patente que la eficacia de los modelos de desarrollo de Estados Unidos no funciona, mientras que los de México sí lo hacen.  En la guerra cultural futbolística americana, la vieja escuela, la que se siente amenazada, no va a dar su brazo a torcer. Aún peor, con la continua llegada de entrenadores británicos y su fútbol neolítico (que no ha ganado ningún Mundial Sub-17), esta cabezonería sigue recibiendo apoyo.

Es curioso, y criticable, que la única iniciativa hasta el momento que se concentra abiertamente en potencia el talento latino en Estados Unidos, haya provenido de una compañía de televisión. Una compañía de habla hispana, por supuesto. Y eso es principalmente televisión, no fútbol.

Artículo escrito por Paul Gardner, columnista de Soccer America y World Soccer

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